Aún recuerdo la primera vez que fui a El Molinón. Como muchos niños gijoneses, iba de la mano de mi padre caminando por la playa. Al llegar a la altura de la escalera 15, torcíamos hacia la derecha para recoger a mi abuelo en la Avenida de Castilla. Una vez allí, enfilábamos el camino pedregoso del parque Isabel La Católica para, al cabo de unos diez minutos, llegar al famoso lago detrás del cual está El Molinón. Como si fuera un templo, nos observaba por encima de los árboles escondiendo la auténtica esencia del fútbol de Primera. Siempre me quedaba observando, con los ojos como platos y la boca abierta, aquella fachada que escondía la Tribunona con una forma gris, pero con un fondo misterioso que daba un aura de misticismo y tradición a aquellas paredes. Miraba a mi padre y le decía:
Ahí fue cuando me empecé a dar cuenta de lo que significa un escudo, unos colores y un equipo de fútbol. Mi padre, por entonces, y como casi todo el mundo, hacía auténticos malabares con los presupuestos familiares para no faltar cada temporada al estadio. Yo siempre me decía: “si mis padres no tienen ni para comprarme un scalextric, el Sporting debe de significar algo increíble como para gastarnos dinero todos los años”. Y no tardé mucho en darme cuenta del por qué. Lo que para mi era normal, para el resto no.
Empecé a conocer España con el Sporting y, con las visitas eventuales a otras ciudades, abrí los ojos. En Santander, Valladolid, Coruña o incluso Sevilla no veía tanta identificación de un pueblo con un equipo. Y fue cuando en un hotel, después de buscar los autógrafos de Iordanov, Manjarín y Juanele, conocí al tristemente fallecido José Manuel. En su día había sido uno de los grandes jugadores del Sporting. Se agachó, me sonrió y me respondió a una de las preguntas que siempre me invadía hasta la fecha: “¿Esto sólo pasa con el Sporting?” José Manuel frunció el ceño, miró a su alrededor y me dijo al oído: “El Sporting no es un club cualquiera como el resto, es un estado de ánimo”.
No le faltaba razón al bueno de José Manuel. Y es que, cuando el Sporting pierde, Gijón amanece triste, cabizbajo y sin ganas de hablar. La gente mira hacia el suelo, la gente se encuentra huidiza y la gente siente rabia. ¿Por qué? Nadie lo sabrá nunca, pero está claro que Gijón es el Sporting, y viceversa. Pero que nadie se lleve a engaño, porque Gijón se puede encontrar fuera de sus propias fronteras, al igual que el Sporting va dentro de cada uno.
El reloj marca la 1:47 de la madrugada. Madrid está silencioso, expectante y con ganas de perderse en la oscuridad. Pero sigue habiendo luz. Es lo que tiene una capital con apenas 4 millones de ciudadanos, que pocas veces descansa. Miro hacia la ventana y sólo está encendida la luz de la cocina de mis vecinos. Con ese hilillo de claridad que entra por la ventana me pongo a leer las crónicas del partido de hoy. Está claro que esta semana va a haber palos por la actitud del equipo en Almería. Todavía quedan 12 puntos en juego y, sorprendentemente, veo que muchos ya han tirado la toalla. Yo me niego.
En la Liga española, para aquellos que no se acuerden de lo que supone Primera División, 12 puntos son muchos. Son tres partidos, son tres victorias, tres empates o tres derrotas. Da absolutamente igual, pero son 12 puntos en juego y hay que morir. La diferencia entre estar en Primera o en Segunda depende una plantilla de 24 jugadores y un entrenador que, espero, se den cuenta de lo que de verdad se está jugando una Asturias entregada que, nunca antes en su historia, había estado tan pendiente de un Sporting que, seguro, no va a bajar los brazos. En Madrid nos dan por muertos, en Pamplona se frotan las manos, en la Calle Betis respiran aliviados y en Huelva miran hacia arriba esperanzados. Todo está exactamente como hace una semana, pero con un partido menos. No veo razones como para tirar la toalla.
A pesar de que pueda morir en el intento, soy de los que llevan diciendo cinco jornadas consecutivas que el equipo se va a salvar. Y hemos estado en situaciones peores. ¿Acaso nadie hubiera firmado estar a dos puntos de la salvación tras perder 7 a 1 contra el Real Madrid en el Bernabeu? Se han cometido errores de bulto imperdonables, pero el Sporting es ese tipo de clubes que experimenta con los milagros. Corro el peligro de acabar siendo el típico loco que dice lo mismo hasta que su corazón deje de latir, pero me sobran motivos para seguir creyendo. Y así lo haré hasta la jornada 38. En su día me quedé sin aquel Escalextric, y mereció la pena. Por un escudo, por una marea de lágrimas, por una cascada de emociones y por unos colores que nos han hecho vibrar. Ahora más que nunca… Sporting de Gijón. Por una ciudad.
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