CONSOLIDAR UN PROYECTO
No hay ninguna fórmula mágica que asegure la consecución del éxito en el fútbol. Son muchos los factores que ponen a prueba la solidez de los diversos estamentos que dan vida a un club: consejo de administración, cuerpo técnico, jugadores, afición, medios de comunicación… Pero sí es cierto que si quienes gozan de la facultad de tomar decisiones tienen las ideas medianamente claras, no resulta tan complejo reducir considerablemente muchos elementos distorsionadores que pueden provocar la tentación de abandonar un proyecto y cambiar el rumbo. Ésa es precisamente la palabra clave, proyecto. En ella se guarda el convencimiento de dotar a un club de una identidad, de una filosofía, de un estilo, de una forma de entender el fútbol. Creo que en las tres últimas temporadas el Sporting ha apostado por un proyecto y fruto de ello ha llegado el éxito. Podría no haber llegado tan rápido, pero eso no hubiese significado que la apuesta no hubiera sido acertada. Precisamente la obsesión por la inmediatez, la ansiedad por la obtención rápida de resultados, son los dos grandes pecados capitales que sepultan a la mayoría de los equipos de nuestro país en la mediocridad y en la pérdida de dirección. Este Sporting, a pesar de la mar de fondo y de los vientos racheados que han soplado durante esta larga temporada, ha perdido pocas veces el norte en su brújula y eso se ha traducido en que esté cerca de atracar en el ansiado puerto de la permanencia.
A mi juicio debemos agradecer al capitán de la nave y a toda su tripulación lo cerca que estamos de arribar a la salvación. Embarcaciones con muchísimos más medios a todos los niveles han llegado a la última etapa de esta agónica travesía teniendo que achicar tanta o más agua que nosotros y es más que probable que una de ellas se acabe hundiendo en las ponzoñosas aguas de la Segunda División. Lo que me apena es que veo a nuestro capitán reventado. Su rostro le delata. No me extraña cuando a lo largo de los últimos dos meses y medio ha tenido que navegar con los ecos de la desconfianza, por momentos, de sus patronos, retumbando en sus oídos y con las más que habituales lecciones magistrales, de quienes, con sus dos pies a buen recaudo en tierra firme, adoctrinan sobre cómo se debe llevar una nave frágil en medio de mares embravecidos e incluso tempestades. Yo apuesto abiertamente por este capitán y lo hago no sólo por una temporada más si no por otro ciclo de tres campañas. Me esperanza creer que los propietarios de la embarcación, una vez superadas las tentaciones que les han rondado, compartan esa opinión, y hayan aprendido la lección de que los cantos de sirena sólo conducen a estrellarse contra los acantilados. El Sporting necesita dar continuidad al proyecto por el que apostó y así resultará menos complicado consolidar su andadura en Primera División.
Otra cosa diferente es que nuestro capitán quiera cambiar de embarcación. Algo más que comprensible después de la enorme intensidad de los momentos vividos a bordo de nuestra nave. Su valentía está demostrada y es más que entendible que todos los elementos erosionadores a los que ha estado sometido hayan hecho mella en su ánimo a la hora de decidir continuar en el Sporting. De seguir, a priori, y dado que el proyecto ha sido puesto más que en duda desde todos los ámbitos, nuestro capitán tiene más que perder que ganar. Es más, si yo fuera él me iría. Sería muy arriesgado permanecer al mando del timón a tenor de las grietas aparecidas en la confianza hacia su persona en el club y su entorno. Por fortuna nuestro capitán no soy yo. Y presiento que él sí cree a pies juntillas en el proyecto que le presentaron en su día porque siente que es lo mejor para el Sporting y desea darle continuidad. Yo lo comparto: ¡Preciado, quédate!.
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