Sastres y Maldonados
Hace
tiempo que no me llevaba una decepción tan grande con nuestro capitán.
La presencié en la tribuna del Camp Nou. Estaba ido, nervioso,
inoportuno, inconsistente. De un fallo suyo en un control y despeje
llegó el tercero del Barcelona. Pero más allá de partidos puntuales
o jugadas concretas, creo que Sastre es un ejemplo de entrega y profesionalidad.
No se le puede pedir más a quien lo da todo. Soy Sastrista. Durante
el verano de 2008, cuando confeccionaba con Ricardo Rosety y Carlos
Osorio el libro del ascenso del Sporting, me di cuenta de lo que Sastre
significa para el equipo y para sus compañeros, que le profesan un
respeto inquebrantable.
Nunca
escuché a nuestro capitán cagar fuera del tiesto ni decir
una palabra más alta que otra en los medios. En momentos de dudas y
confusiones se convirtió en el pilar fundamental para la unión del
vestuario. Hay mucho más detrás de ese limitado dorsal 22. El brazalete
azul con la cruz de la Victoria esconde un líder silencioso y trabajador,
que se va jodido a casa cuando hace un penalti innecesario. Que le duele
el alma cuando da cuatro pases mal y activa los silbidos de El Molinón.
Creo que no se lo merece, sólo por el amor y el respeto que demuestra
tener hacia el Sporting.
Porque
no todos lo jugadores que visten nuestra camiseta saben lo que significa
la institución y el escudo. Los hay que no tienen ni puñetera idea
ni quieren saberlo. Alguien debería explicárselo, por ejemplo, a Tati
Maldonado. En el Liverpool, cuando se ficha a un futbolista, se le entrega
un libro y un dossier con la historia de la entidad, los hitos más
importantes y lo que esos colores significan para la ciudad y para la
afición. Tienen la obligación de leerlo, para empaparse de la cultura
que van a vivir y para que, de forma subconsciente, se impliquen de
inmediato con el proyecto. Si el Sporting, que anda a años luz de ser
un equipo profesional, quisiera hacer algo parecido, primero tendría
que asegurarse que los jugadores que ficha sepan leer. Y generar un
entorno adecuado para que el fútbol sea lo primero en sus vidas y no
algo residual y casi fortuito. Maldonado parece no haber escarmentado
con su primer año en Gijón, digno de merecer la baja nada más acabar
la pasada liga. No sabe lo que es el Sporting ni le interesa saberlo.
Ni se le cae la cara de vergüenza cuando compara su rendimiento con
su ficha. Realmente, no sé si mancha el escudo cada vez que lo luce,
pero lo que sí estoy seguro es que es indigno de vestir una camiseta
centenaria como la rojiblanca. Y la suerte que tiene es que pasa –por
ahora- desapercibido. Alguien debería exigirle en su justa medida.
Una vez un psicólogo que lo tuvo a sus órdenes me aseguró que era
un buen chaval, con unas condiciones extraordinarias, pero que había
que estar muy encima suyo. De lo contrario, corría el riesgo de que
se le fuera la cabeza y se dejara llevar. Somos un club pequeño. Nos
costó diez años de lágrimas regresar a la elite. Y le dimos la oportunidad
a este chico de realizarse y jugar en Primera. Ahora necesitamos respuestas.
El Sporting no puede esperar.
Pablo García-Cuervo.
Delegado de Deportes de LaSexta
en la Comunidad Valenciana. Narrador de Gol Televisión.