Ya se sabe que el Sporting, destensado, se queda en nada. Desde el principio se vio que la visita del colista no le motivaba, aunque el Xerez presentaba unos números recientes inquietantes: sólo una derrota en los seis últimos partidos. Como, además, a los trece minutos se encontró con un gol gratis, de esos que llegan casi sin buscarlo, el equipo de Preciado se dejó llevar.
Quizá tocado por el 1-0, el Xerez dio una imagen muy pobre en el primer tiempo. Sus buenas intenciones, la insistencia en jugar el balón raso y al pie, chocaban con un ritmo cansino y una ingenuidad enternecedora en defensa y ataque. El Sporting, con un par de arreones, pudo dejar resuelto el partido antes del descanso.
Pero no lo hizo y, ante la incapacidad del Xerez, se complicó la vida él solito. Se dejó ir, contemplando los intentos de rondo visitante, hasta que el habitualmente infranqueable Botía se tragó un centro previsible y Mario Bermejo reeditó la fama de goleador que se labró en Segunda. Con empate y la afición gijonesa tensa, durante cinco minutos el Xerez tuvo el partido en la mano. Y tampoco lo cerró.
En situaciones de emergencia, cuando parece un equipo a la deriva, el Sporting se agarra a Diego Castro, el futbolista que más ha crecido en estas dos últimas temporadas. El gallego hurgó en la banda izquierda y buscó la llegada de Luis Morán, que largó un remate duro, al que Renan respondió con un desvío centrado, ideal para De las Cuevas, que cruzó con calidad y decisión.
Con el Sporting conformista y el Xerez entregado, el partido entró en la fase de bostezo. Hasta que a Rivera, un seguro de vida para el Sporting por su regularidad, se le cruzaron los cables. Cedió un balón a Juan Pablo sin percatarse de que por allí andaba Alustiza, que agradeció el regalo con un remate inapelable. Un gol que, salvo milagro, no saca de pobre al Xerez.
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